Desde que estaba muy chiquita el abuelo canijo (jijos, le choca eso de ‘abuelo’, pero bueno, pa’ que entiendan) era quien nos cuidaba y nos ayudaba a hacer la tarea todas las tardes (a veces también le tocaba la acompañada mientras me bañaba) hasta que llegaba la jefa. Había dos cosas que me gustaba mucho hacer cuando terminaba la tarea. Una de ellas era amarrar la cuerda de saltar a uno de los escalones más bajos y darle el otro extremo a él para que le diera vuelta; podía saltar y saltar y saltar por horas hasta que él se cansaba y me pedía que nos paráramos un rato. La segunda era sentarme a leer toda la tarde con él. Los jefes (más bien la jefa, creo) nos tenían colecciones completas de obras para niños. Las mil y una noches, Tom Sawyer, El Quijote y demás. Él me iba diciendo si iba muy rápido o no, si seguía la puntuación o no y sólo me escuchaba leer en voz alta. Yo leía una parte y luego él otra y así. De verdad que me divertía mucho (además, le agradezco mucho, creo quese fue el inicio de mi amor por la lectura). Una vez en la escuela, en prepri, me pusieron a leer en voz alta en inglich. A la mai’ le gustó mucho y me llevó a la Dirección y me pusieron a leer otra vez. La directora o subdirectora me llevó al salón de los de sexto (los graaandes) y me puso a leer en voz alta una vez más. Les dijo que no era posible que alguien de prepri leyera mejor quellos y me pusieron una estampita de una medallita en la playera del uniforme. Todo me felicitaron mucho, pero creo que nadie se dio cuenta de que era una gran diversión para mi y que lo disfrutaba (disfruto) mucho.

Hoy me sentí parecido. Me dijeron que he avanzado muy rápido en tan solo una semanita y que hay banda que lleva mucho más tiempo y nomás no la arman. La verdad es que lo estoy disfrutando mucho y le echo muchas ganas. Es como el mejor momento de cada uno de mis días. Hace como un año decidí regalarme algo cada día. Lo hice un rato y luego se me olvidó. Tengo un apego loco a eso de estar dando siempre, pero no a mí. Así es mi hora de cada día, es como echarle ganas porque lo disfruto y, de esta forma, me lo regalo. Cuando leo, es igual. Cuando escucho mis fávoras, igual. Cuando soy sincera y sólo digo lo que pienso y/o siento así nomás (a pesar de lo que pueda venir de retache) es igual. Está padre tratar de regalarse algo cada día.

Cuando lavaron mi playera del uniforme, a mi nana se le olvidó despegar la estampita. Hasta ahí llegó el ‘reconocimiento’; pero hoy, veinte años después recuerdo con cariño cada una desas tardes y agradezco el amor que me impulsó el buen por la lectura. Eso es lo verdaderamente importante.

La buena vibra con estrellita en la frente.