Poink Poink Poink. A veces, cuando no tenemos ni idea de quién somos, creemos que lo que se nos pone enfrente es lo único y, por consiguiente, lo mejor. Nos aferramos a la idea y pensamos que el sufrimiento es el medio, que debemos ser mártires y que no hay otra forma más que desgarrándose. Otras veces, cuando apenas estamos en el proceso de encontrarnos, corremos y tomamos lo primero que encontramos que pinta bien, le buscamos lo más chido y con esa idea nos quedamos. Tiempo después nos damos cuenta del ojo cerrado que traíamos y cambiamos de camino. Pensamos, tratamos de entender, decidimos y seguimos (en el mejor de los casos). Move on Move on. Después, cuando creemos saber quién somos y a dónde vamos, lo que queremos y lo que no queremos y pensamos que fluimos (o, de menos, lo intentamos) los golpes llegan diferente. No te desgarras, no emprendes retiradas, sólo te llega y lo vives. Toing Toing Toing.

Pero, ¿Cuándo vas en una montaña rusa? Últimamente así me he sentido, en un subibaja. Cuando era niña no me gustaban mucho, prefería los columpios, el movimiento semicircular flotadorezco me gustaba mucho más que el subo y caigo. Creo que todo está bastante bien, en orden. Son las expectativas, raras expectativas, que aún no aprendo a dominar. Primero no espero, luego me hago a la idea y espero, luego resulta que no, entonces decido ya no esperar, pero después resulta que sí, entonces decido seguir sin esperar, pero a la mera hora me gana y me inflo. Ahora, el clima pinta cálido (¿apoco no? Qué buen calorcito ¿no?) y pus parece que resulta que no. Jajaja. Así es esto de las gelatinas [diría la Joh].

Es chistoso cuando ves cosas que el que está adentro no puede ver, pero y ¿cómo le haces para ver esas cosas cuando tú eres el que está adentro?

Hace rato recordábamos la jefa y yo. Cuando era lagartijina iba muy feliz patinando de su mano por la calle (patines de 4 ruedas de los di antes). Los demás [y más grandes] se habían adelantado al parque [a dos cuadras de mi casa]. Media cuadra antes de llegar, un gran pastor alemán salió corriendo de una casa y me mordió en el muslo. La jefa toda espantada me lo quitó como pudo. La vecina de la casa del dogo salió y nos dejó entrar en su casa. En el baño de abajo, mi ma’ me limpió y limpió toda la sangre que chorreaba en mi flacucha pierna. La vecina nos llevo a casa en su camioneta. Mi pa’ en su chamba recibió la llamada asustada de la jefa. Se regresó del trabajo y cuando me vio dijo que no era nada. Con la punta de unas tijeras [cauterizadas en la estufa] me sacó el pedazo de piel y me tapó con gasas y cinta. Al ratito ya estaba brincoteando de acá para allá. El perro finalmente murió por decisión de su dueña [a ella también la había mordido y en la mano]. Al principio me daban miedo los canes, hasta que un día decidí que por uno de ellos no iba a dejar de quererlos [mencantaaan]. Así, decidí acercarme a uno y el miedo desapareció.

Hoy no entiendo cómo en ese momento y tan escuincla pude entender, analizar y decidir. Hoy me cuesta tanto trabajo [sobre todo esa parte de descifrar y entender].

Ahora tengo una cicatriz en el muslo derecho, y me gusta, me gusta que esté ahí – es como la cola chueca de la lagartija.

La buena vibra que fluye