Pues resulta que hoy fue mi primer medio día en el nuevo trabajo. Tres meses de jubilada fueron la onda, siempre es difícil desacostumbrarse a estar desacostumbrado, pero puuff… igual en algún momento tendría que enfrentar la cruel realidad: las chelas cuestan. Todo empezó con un viajezote (tssss) a Santa Fe a firmar contrato con una ejecutiva que muuuy segura de sí misma me explicaba con frases como “más sin en cambio” y de ahí, tenía veinte minutos para hacer primera comida del día: galletas príncipe y chips verdes (sí sí, en algún momento pasó por mi mente que no fue una idea muy práctica por aquello de los riesgos de salud estomacal, pero bueno, ya era demasiado tarde).

La llegada a la chamba chamba, explicacióndetresminutos de lo que es la empresa y cómo está organizada físicamente (de verdad que no entiendo, ¿¿alguien se aprende todo eso el primer día??) y por supuesto, la presentada con la gente. Tres pisos, tres pisos enteritos recorridos saludando a caaaada una de las personas que en ellos se encontraban, después de la tercera persona decidí que ni siquiera me esforzaría por escuchar nombres, ¿en serio esperan que uno se aprenda el nombre de unas cien personas en 10 minutos (cincuenta segurito sí me presentaron)? Eso sí, el que sí me aprendí fue el del poli de la entrada del edificio que me echó porras cada vez que iba a entrevista o algo (que por cierto fue al único que yo se lo pregunté, ¿será por eso? y ora hasta lo estoy dudando). Pues bueeno, bienvenida (más o menos) la vida corporativa otra vez, con tacones y todo.

Lo bueno:

+hay comida por 35 varitos
+yo pongo mi horario (o así me dijeron)
+el jefe es la pura onda, desos que a uno le da gusto que sean jefes
+cosas nuevas, muchas muchas
+mucha libertad de ser y hacer (dentro de las ondas corporativas clarostá)
+la gente se ve rete cordial (esperemos que no sea namás la bienvenida)
+no está tan lejos de casa