La noche se detiene al tiempo que la habitación se empieza a iluminar. Cierra los ojos sólo por un momento. Durante algunos segundos las imágenes de la luz del sol entrando por la ventana de cada uno de los cuartos ocupados durante sus primeros 25 años desfilan por su cabeza. Paredes que fueron blancas, ventanas grandes mal lavadas, cuadros, posters y dibujos, closets abiertos, libros que piden ser terminados, televisores pesados estorbando en un rincón, computadoras, mesas de cabecera desbordando relojes, monedas, tickets y demás objetos que nunca encontraron su lugar en un cajón, fotos que provocan sonrisas tristes, post-its con cualquier cantidad de recordatorios vencidos, agendas vacías, mochilas sucias en el suelo, cajetillas de cigarros vacías, ceniceros llenos, puertas de baño entreabiertas, ruidos de la calle.

Su cabeza pasa por unos segundos de confusión y mientras abre los ojos no consigue distinguir en dónde está ni en qué momento. Qué pasó justo antes de esta noche, qué viene después; qué tan distinta pudo haber sido la historia si hubiera dicho lo que piensa en vez de haber callado, y (sobre todo) viceversa.

Siente la tentación de ir al espejo para ver si aún le es posible encontrar esa mirada de niño y una extraña necesidad de hacer un inventario detallado de cada uno de los personajes que se ha atribuido desde su infancia. Sus primeros roles, casi inocentes, se transformaron en cuestión de meses en una tragicomedia de adolescentes, luego en una verdadera tragedia de joven-adulto y luego no sabe bien. Extiende un brazo, con la misma mano toma cuadernillo y pluma y anota: 1. Once años, último año de primaria, escuela nueva, casa nueva, cuarto compartido con mi hermano. Él es más divertido, pero yo tengo más imaginación. Él hacer reir a la gente, yo invento aventuras. Mi primer papel de guionista en medio de niños y no-tan-niños ociosos. Irremediablemente había que exagerar todo mil veces para provocar reacciones, las que fueran. 2. Doce años, primer año de secundaria. Nueva banda, cigarros, cerveza; un poco de tequila (que es más que suficiente para fulminarme). Ser rebelde ocupa toda mi energía; todo es criticable; nada es realmente importante; dos amigos o tres son suficientes para ignorar el resto del planeta cada que sea necesario.

Se acerca a la ventana y ve gente, caminando nerviosos, con prisa. Uno que otro caminante sin rumbo, al sentirse observado, se toma el tiempo de levantar la mirada para encontrar una misteriosa expresión de pena, propia y ajena, ligada al lujo o desgracia de no tener que salir del cuarto en el que pasó toda la noche no-pensando en lo que podría hacer el día siguiente. Da un fuerte respiro y piensa en las horas cortas y en las horas largas. Pasa el día, la noche, los días, cuando uno no-piensa. Sabe exactamente lo que debería hacer, lo que se espera, simplemente no quiere y decide no hacerlo.

Al bajar la mirada, sin darse cuenta y como un lento aterrizaje, se cruza con la de ella. Caminaba tan lento que apenas notó que dejó de avanzar. Vestía un rostro delgado y mojado y un par de tennis viejos. Unos anteojos rectangulares de marco grueso detenían su obscuro cabello.